UNA CLASE DE COSAS
Por Marcos Krämer
Texto en ocasión de la muestra en Galería Tokonoma, Buenos Aires.

Tras una larga trayectoria con producciones de piezas que tenían como referencia a los objetos decorativos de las grandes manufacturas de cerámica imperiales, para esta exhibición Manuel Sigüenza fue en busca de su propio pasado militante para ahondar en la imaginería artesanal que emana de las clases populares, y así producir piezas que pueden ubicarse en el reverso sensible de su obra anterior: del régimen visible de los objetos de palacios al clan visual utilitario del universo obrero.
Como parte de una generación de artistas contemporáneos que dedica su obra al trabajo con la cerámica, Manuel Sigüenza es desde hace varios años un artista y un artesano al mismo tiempo, consciente de continuar desgranando los límites culturales y de clase que legitiman esa diferencia.
Al dirigir su producción al universo visual proletario con las herramientas de aquello que llamamos “artesanía”, Manuel también reformuló la clásica pregunta que lxs artistas se han hecho sobre la temperatura de la clase asalariada, “¿qué les pasa a lxs obrerxs?” que siempre derivó en imágenes narrativas cada vez menos emancipatorias. Muy por el contrario, las obras de Sigüenza nacen de una pregunta completamente distinta que se dirige al centro mismo del proceso de producción: ¿de qué está hecha la cultura visual proletaria? Con ese giro, esta “clase de cosas” de Manuel no objetualizan a la clase obrera sino que ensayan sus objetos hipotéticos.
Tras este objetivo el artista se vale de referencias como las estatuillas religiosas de consumo popular, la iconografía política de base, la tradición estatuaria moderna argentina y el delirio visual surrealista, y construye con todo eso un conjunto de obras-objeto reconocibles y extravagantes al mismo tiempo. Pero estas nuevas piezas de Sigüenza no son solamente el punto centrípeto donde confluyen las tradiciones visuales que acompañaron las luchas y los reclamos durante gran parte de la historia. Consciente de la retroalimentación entre belleza y utilidad que está en el centro mismo de los objetos culturales populares, Manuel creó objetos de uso donde el ojo descansa en las bellezas heredadas mientras la mano recupera su agencia y movilidad. La belleza de sus obras (baja, ignorada, desplazada de las tradiciones supervivientes) toma más carácter cuando se encuentra con el poder de uso que anida en ellas.
Al mismo tiempo en estos objetos reverbera un remolino temporal inevitable ya que invocan los legados del pasado visual subalterno mientras incitan a poner en práctica la vida corriente que sugieren. Es en este juego temporal pasado-futuro donde está la ficción retrofuturista que proponen las piezas de Manuel.
Entre ellas hay un diálogo sordo que marcha entre el potencial uso doméstico de algunas (como la jarra) y la practicidad misteriosa, casi ritual, de otras (como el cuenco-cráneo para el carbón o la vasija sin rostro plagada de asas). Esta conversación entre el reconocimiento y la extrañeza de los objetos se nos presenta con el tono fragmentado que existe entre los hallazgos arqueológicos en el instante del descubrimiento. La única diferencia es que estas obras de Sigüenza son arqueologías para el futuro, en un acto que carga simétricos ingredientes de fracaso consumado y esperanza en el porvenir. Ante ellas solo queda la chance de imaginar la historia ideológica que le de vida a la historia material que nos enfrenta. Y ante ellas, entonces, también resuena una pregunta: ¿cuántas culturas residuales están aún hoy enterradas bajo las líneas que la cultura visual occidental del capital creó hace un poco más de medio milenio?